HISTORIA Y URBANISMO

Calle Escalereta

El llanto de Eleuterio “Escalereta”

Todavía no se había repuesto la población del tremendo mazazo que supuso el crimen de las “Torretas” cuando, cinco días después, el juzgado de la localidad recibía la acostumbrada visita de uno de sus vecinos para inscribir en el Registro civil la llegada al mundo de un niño. El asombro de los presentes llegaba cuando el declarante, que no era el padre de la criatura, comenzaba el relato de las circunstancias que habían conducido a su presencia ante el juez:

En la villa de Belmonte a 17 de marzo de 1879, ante don Ramón Bayod Oliete, juez municipal de la misma, compareció Francisco Jarque y Vives, natural y del término municipal de Belmonte, provincia de Teruel, casado, labrador, mayor de edad y domiciliado en esta villa, en la calle “Escalereta” nº 4, presentándose para que se inscriba en el Registro Civil a un niño y como encargado de su recogida declaró:

Que a las diez y media de la noche del día 16 de marzo, estando en la cama, oyeron llamar a la puerta de casa, diciendo: “Abre”. Al abrir se encontró en el brancal, dentro de un capazo, a un niño abandonado, envuelto en un pañal blanco de hilo. También llevaba otro pañal de muletón blanco, muy liso, un pañal de indiana azul, viejo, una camisa blanca de muselina, un jubón de bonito, bueno, una faja de algodón azul, vieja, una gorra blanca de hilo y otra de indiana, floja.

Que no sabe quién lo dejó en su puerta ni de donde pueda ser, solo que es recién nacido, entregando para su archivo un capazo de palma de dos cuartales y un papel rayado en el que figura la inscripción: “Esta criatura está bautizada de socorro”.

Que al expresado niño se le puso por nombre “Eleuterio” y el señor juez mandó ponerle por apellido “Escalereta”.

Desgraciadamente, el abandono de niños todavía fue un hecho bastante habitual durante las últimas décadas del siglo XIX. La casa de Beneficencia de Teruel era la institución caritativa que se encargaba de acoger a los niños abandonados de toda la provincia. Posteriormente, los menores en período de lactancia eran entregados a nodrizas que estuviesen dispuestas a cuidarlos y a encargarse de su crianza. Con suerte, ese debió ser el probable itinerario seguido por Eleuterio tras ser recogido por la buena gente que se lo encontró en la puerta de su casa. Francisco Jarque tenía 36 años y estaba casado con María Mir, no sabiendo escribir. Curiosamente, dicho matrimonio no llegó a tener hijos. Eleuterio, por su parte, consiguió superar la primera infancia. En 1911, a los 32 años, trabajaba en Alcañiz como alpargatero, casándose el 21 de noviembre de ese año con Mauricia Aguilar Gasión, una joven oriunda de dicha ciudad.